Cuando aparecen estas siglas en mi programación mensual me echo a temblar. Significan que pasaré siete días completos fuera de mi casa y repartidos entre Guatemala (GUA) y Panamá (PTY) Y no tengo más remedio que resignarme. El pan de mis hijos depende de ello, y en mi casa hay unos cuantos estómagos que alimentar. Dos de ellos estómagos adolescentes, y todo el que conviva con un adolescente sabe lo que eso quiere decir: estómago adolescente = estómago sin final.
Hoy es el sexto día que estoy aquí (ahora en Panamá) Por mucho que le he insistido al director del hotel para que me prestara un infiernillo y me dejara cocinar en su lindísima habitación, no ha habido manera, y llevo casi una semana alimentándome de toda serie de tamales, tamalitos, puches, pepianes, paches, ceviches, chupes, plátanos verdes, sancochos… Por favor, no se me ofendan guatemaltecos ni panameños, no es que no me guste su rica gastronomía, es que necesito una tortillita de patatas, unas judías verdes con jamón, un cocido, y hasta un gazpacho… ¡YA! ¡Y en vena!
.
He pasado por Antigua, ciudad colonial patrimonio de la humanidad, preciosa y rodeada de volcanes. He conocido el canal de Panamá, impresionante obra de la ingeniería moderna que recorre 80 kilómetros y que une el Océano Pacífico y el Atlántico. Pero que me perdonen los habitantes de estas tierras: ¡Quiero llegar a mi casaaaaaa! Y en cuanto lo haga me voy a meter en mi cocinita, y si el jet lag lo permite me voy a preparar…












