Cuando hace apenas dos semanas visité por primera vez Alexandria (en el estado de Virginia, EEUU), no sabía que un pedacito de mi corazón de madre española (exactamente un tercio) iría a parar allí.

Uno de esos seres larguiruchos, bulliciosos y comedores insaciables que comparten mi casa y mis bienes (mal llamados hijos adolescentes) vivirá a partir de agosto a 150 kilómetros de esta preciosa ciudad (a un tiro de piedra, en relación al tamaño de la totalidad del país), pero a un montón de distancia de mí. Y eso que dicen que sarna con gusto no pica. ¡Pues pica, y mucho, señores del refranero español!

Alexandria es uno de los enclaves históricos más antiguos del país. En el siglo XVII, el escocés John Alexander (¡Qué barbaridad, debieron matarse a pensar para ponerle nombre al lugar!) compró las tierras donde se asienta la actual ciudad a un inglés capitán de barco, por un buen montón de tabaco. A partir de entonces y durante los dos siglos siguientes, se iría poblando no sólo de habitantes, comerciantes de tabaco y desgraciadamente de esclavos,  sino de la preciosa arquitectura que florece en las calles a ambos lados de la principal King Street hasta llegar al río Potomac.

Georges Washington, primer presidente electo de los EEUU, tuvo allí su hogar, y unos 33 presidentes más tarde, hizo lo mismo Gerald Ford, antes de ocupar el puesto número 34.

En la actualidad, y tan sólo a 10 kilómetros de Washington DC, Alexandria es uno de esos sitios que uno envolvería en un bonito papel de flores blancas y rosas, con un maravilloso lazo, y metidita en un bolsillo, se la llevaría a casa. Es coqueta, tranquila, alegre y cuajadita de famosos restaurantes, museos y tiendas en las que echar las horas (y los dineros).

Señores virginianos o virginienses (no tengo el gusto de conocer el gentilicio de los habitantes de Virginia), cuídenme al niño, y la próxima primavera  (cuando vuelva) prometo volver a dedicarles una entrada en este famosísimo blog. De momento vaya por ustedes la tarta siguiente, fruto de un tuneamiento del bizcocho de coco de Rosa del estupendo blog “Bocados dulces y salados”, la imaginación de una servidora, y unas hebras de coco maravillosas que compré hace poco en Brasil.

TARTA DE COCO

Ingredientes:

Para la base de bizcocho:

3 huevos
180 gr de azúcar moreno
100 gr de aceite de girasol
1 chorro de ron
1 yogur de coco
1 medida de yogur de leche de coco
170 gr de harina
1 pizca de sal
1 sobre de levadura

Para la cobertura:

1/2 taza de mantequilla a temperatura ambiente
1 cucharadita de extracto de vainilla
1 y 1/2 tazas de azúcar glas
1 cucharada de leche
coco rallado

1.- Precalentamos el horno a 170 grados. Engrasamos con mantequilla y enharinamos un molde redondo para tarta, en el que hornearemos la base de la misma: el bizcocho de coco.

2.- En una ensaladera batimos los huevos junto con el azúcar moreno hasta que estén muy espumosos. De esta manera vamos incorporando aire a la mezcla. Añadimos el aceite, el chorrito de ron, el yogur y la leche de coco. Mezclamos bien los ingredientes.

3.- En un bol aparte mezclamos los ingredientes secos: la harina, la levadura y la sal. No hace falta que pasemos la harina por un tamiz, basta con que mezclemos bien con unas varillas para que se distribuya bien la levadura y se deshaga cualquier pelotita de harina.

4.- Añadimos poco a poco la harina a la primera preparación, mezclando lo justo con una espátula para que se incorpore bien. Si batimos demasiado, el bizcocho saldrá más duro.

5.- Vertemos en el molde de tarta enharinado y lo llevamos al horno. El bizcocho tardará en cocerse unos 40 minutos. De cualquier manera, pincharemos el centro del mismo con un palito para asegurarnos que está bien hecho. Sacamos del horno, y al cabo de 5 minutos desmoldamos y dejamos enfriar en una rejilla.

6.- Preparamos la crema de mantequilla para la cobertura:
En un bol grande disponemos la mantequilla ablandada a temperatura ambiente junto con el azúcar glas, el extracto de vainilla y la leche. Batimos con varillas eléctricas hasta que obtener una crema blanquecina, y muy esponjosa. Reservamos.

7.- Ponemos una sartén a calentar y doramos el coco rallado. Sin moverlo. De esta manera tostaremos minimamente el coco del fondo, con lo que conseguimos variaciones de color en el mismo. Dejamos enfriar.

8.- Decoramos la tarta:
Untamos los laterales del bizcocho y la parte superior con una capita de crema de mantequilla. Procuramos que resulte lisa y uniforme. Con las manos vamos “pegando” el coco rallado por toda la tarta, presionando un poquito para que se adhiera bien.

9.- Miramos y remiramos nuestra obra maestra. Fin del trabajo.

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