Patios, más patios y todavía más patios cordobeses

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15 de mayo, el sol cae a plomo sobre las calles empedradas de Córdoba, sudamos a chorros, y me prometo a mi misma que sólo vendré aquí en invierno. Sendas ampollas en los pies (por no hablar de que ya voy por la quinta torcedura de tobillo) me recuerdan machaconamente que la próxima vez que visite esta ciudad use zapato plano ¿Qué  vayamos a ver patios? … Al menos estarán fresquitos.

Primer patio, y la belleza me corta la respiración.

De golpe olvido la mezquita, los calores, el alcázar, las ampollas, a Abderramán y hasta mi fecha de nacimiento. Baja la temperatura, la mirada se pierde en una infinidad de tiestos, colores y flores, escucho el rumor del agua de una fuente, y el olor me transporta a otro mundo más amable, más real. Contemplo con la boca abierta una de las imágenes más bellas que he visto: un patio cordobés engalanado para el festival y para la ocasión.

Me enamoran la alegría de las buganvillas, las gitanillas y los claveles, el olor del jazmín y los naranjos, y los colores que se graban a fuego en la pupila. Cautiva este espectáculo de la naturaleza y la paciencia y dedicación del ser humano (¿Pero cómo hacen estas buenas gentes para mantener este vergel, si a mi se me mueren hasta los cactus?)
Un té con hierbabuena delante de un narguile y les pido a mis dedicados guías y amigos más patios, más. Más paraíso terrenal.

El patio cordobés define a esta ciudad tanto como la ciudad determina el origen del patio. Con el calor y la sequedad, a los diferentes pueblos que por aquí pasaron no les quedó más remedio que buscar un poco de frescor en las fuentes, los pozos que recogían el agua de lluvia y la vida alrededor de las plantas. Y desde el año 1918 el ayuntamiento viene celebrando este festival de patios cada mes de mayo.

Y como no sólo de espíritu vive el hombre (la mujer un poco más, pero aún así), no podía faltar un buen homenaje gastronómico para el estómago: una media con tomate y jamón en la Corredera, salmorejo cordobés, berenjenas con miel y ventresca de atún confitada en “La Cuchara de San Lorenzo” ¡Dios mío! ¿Cuándo volvemos a Córdoba?

Un verdadero lujo: buenos amigos, belleza a raudales, y un salmorejo a un paso de la satisfacción más absoluta. Ahí va la receta, que seguramente se repetirá este verano en casa tantas veces como me acuerde de esta maravillosa ciudad.

SALMOREJO

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Ingredientes:
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4 tomates grandes maduros y “que sepan a tomate” o bien 8 pequeños
2 dientes de ajo
sal
100 gr de miga de pan (si es de molletes, tanto mejor)
agua
1/4 litro de aceite de oliva virgen extra
3 cucharadas soperas de vinagre de Jerez
2 huevos duros
jamón iberico cortado en tiritas finas (al gusto)

Podemos hacer el salmorejo con la batidora, o bien en la thermomix si se dispone de ella.

1.- Lavamos bien los tomates y los trituramos junto con la sal y los dientes de ajo, hasta conseguir un puré fino. Colamos bien, para evitar cualquier resto de piel.

2.- Empapamos la miga de pan con agua, y la escurrimos bien con las manos. Lo añadimos al puré de tomates y seguimos triturando con la batidora o thermomix. Añadimos el aceite de oliva en un chorro fino y poco a poco, sin parar la batidora o thermomix, exactamente igual que como haríamos en la realización de una mayonesa.

3.- Añadimos el vinagre y mezclamos con una cuchara. Debe quedar una especie de puré espeso, untuoso y con cuerpo, pero eso sí, “esponjoso”-

4.- Lo vertemos en un recipiente y guardamos en el frigorífico hasta que esté bien frio. Antes de servir, decoramos con huevo duro picado y tiritas finas de jamón. Podemos comerlo a cucharadas o sobre un buen pan.

Imprimir receta: Salmorejo

Miles de gracias a Gema, Manolo, Juanma y Javi, por ser unos anfitriones de primera y unos excelentes amigos. ¿Nos vemos pronto en Junio en Madrid?
Un beso y un abrazo muy especial a la “tita” de un ángel: Raquel.

Una de azafatas

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O todo lo que le gustaría saber sobre las azafatas y tal vez no se atrevió a preguntar.

De una vez por todas, aquí quedan desvelados esos misterios por los que cualquier pasajero siente curiosidad y sobre los que tanto le gusta investigar:

-¿Las azafatas hacen siempre la misma ruta?

Ante todo, un par de aclaraciones:
Ya no nos llamamos azafatas, sino TCPs, tanto masculinos como femeninos, que queda mucho más moderno, y no lo utiliza ni el que lo inventó. No hacemos “rutas” sino líneas. Lo de ruta suena a la Blasa (conocida empresa de autobuses interurbanos) y tampoco es el caso.

No, no hacemos siempre la misma linea. Funciona por flotas. Cada uno de nosotros pertenece a una flota de aviones, y esa flota hace siempre corto o largo radio. Lo que quiere decir que por ejemplo, en mi caso, siempre trabajo en el mismo tipo de avión, y siempre hago vuelos transoceánicos, pero no suelo repetir un destino más de tres veces en un año.

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¿Cuánto tiempo pasan en los sitios donde van?
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Depende. Lo normal, cuando cruzamos el charco, es permanecer alrededor de 24 horas. En España o Europa, menos aún. Por suerte dispones de día y medio en Nueva York, por desgracia te quedas tres días en Caracas (que conste que no tengo nada en contra de Venezuela, hermoso país, pero es que allí vivimos en una carcel de oro).

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¿Por dónde estamos pasando ahora mismo?

Lo siento. Ni idea. Desde esta altura, no reconozco nada. Son los pilotos los que disponen de esa información, y en el tiempo que tardo en llegar a la cabina, preguntar, y volver a contarlo, con lo rápido que va el avión, mi respuesta sería mentira.

¿Cuanto tiempo descansan cuando vuelven a su casa?

Poco, muy poco. Se lo aseguro.

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-¿Y ustedes que comen en el avión, lo mismo que los pasajeros?

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Pues no. Nosotros tenemos una comida diferente. Tenemos dos tipos de menú, para que tanto pilotos como azaf… perdón, TCPs, no repitan los mismos platos y en caso de intoxicación caigamos todos enfermos. Eso sí, la comida es igual, igual, de rica y exquisita que la de los señores pasajeros.
Uno de esos platos, con los que taaaaaanto disfrutamos, son los fideos chinos. Rico dónde los haya. Es un clásico de la comida azafateril.

Con cariño, e inspirados en aquellos, ésta es mi versión de los fideos chinos  del avión, lánguidos y sin gracia. Estos, mucho más sabrosos y nutritivos, y sobre todo, cocinados con amor. Cualquier parecido con el original, pura coincidencia.

FIDEOS CHINOS

(o japoneses, o tailandeses, o vaya usted a saber de qué parte de oriente proceden)

Ingredientes:

300 gr de fideos chinos al huevo
un chorrito de aceite de girasol (unas 5 cucharadas)
2 dientes de ajo
1 cucharada de jengibre fresco rallado
medio calabacín grande
1 puerro
3 zanahorias
medio pimiento verde grande
un chorritín de salsa de soja (si el chorrito eran 5 cucharadas, el chorritín unas 4)
semillas de sésamo (blancas o negras)
unas gotas de aceite de sésamo (si disponemos de él)

1.- Cocemos la pasta siguiendo las indicaciones del paquete. Hay que tener cuidado con el tiempo con este tipo de pasta, si nos pasamos quedarán demasiado hechos y pastosos.
Una vez hecha la pasta la escurrimos y aclaramos con agua fría para detener el proceso de cocción. Reservamos.

2.- Partimos las verduras en tiritas. Es importante que queden de un tamaño uniforme. El resultado será mucho mejor.

3.- En una sartén grande (si tenemos un wok es un momento ideal para utilizarlo), echamos el chorrito de aceite de girasol y calentamos a temperatura baja.  Ponemos el ajo bien picado cuando todavía no está muy caliente. Es necesario que se ablande, pero no que se queme, o que quede demasiado dorado. Añadimos el jengibre rallado, y lo doramos un minuto más.

4.- Añadimos el puerro, las zanahorias y el pimiento verde a la sartén. Subimos la temperatura y salteamos, al cabo de dos minutos añadimos el calabacín. Salteamos, bajamos la temperatura y dejamos que las verduras se ablanden un poco.

5.- Es el momento de añadir la pasta, mezclar bien y con cuidado. Lo dejamos un par de minutos para armonizar sabores y calentar bien la pasta, y antes de servir añadimos la salsa de soja, unas gotas de aceite sésamo y espolvoreamos con sésamo para adornar.

Imprimir la receta: Fideos chinos

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Para los que vivís en Madrid o estáis de paso, si queréis encontrar alimentos orientales, una magnífica opción es acudir al supermercado oriental “Ta Tung Universal” (c/ Mozart, 5), muy cerca del centro comercial Príncipe Pío (antigua Estación del Norte). Aunque por fuera tiene el aspecto de una tienda de todo a cien, dentro variedad, calidad y precio son estupendos.

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Pido perdón por la calidad de las dos primeras fotos. Fueron tomadas en condiciones pésimas. Se trata de un anuncio de los años 50 para reclutar azafatas. En él se hace referencia a los requisitos necesarios (incluidos estado civil y raza) para solicitar el puesto, y a la perfecta apariencia que toda azafata debería tener. (Museo Smithsonian del Aire y el Espacio en Washington DC)

Y por cierto, no, no falta mucho para llegar, si se duerme un poquito, cuando se despierte, ya se habrá terminado este post.

Zzzzzzzzzzzzzzzz……..

Alexandria, sarna con gusto sí pica

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Cuando hace apenas dos semanas visité por primera vez Alexandria (en el estado de Virginia, EEUU), no sabía que un pedacito de mi corazón de madre española (exactamente un tercio) iría a parar allí.

Uno de esos seres larguiruchos, bulliciosos y comedores insaciables que comparten mi casa y mis bienes (mal llamados hijos adolescentes) vivirá a partir de agosto a 150 kilómetros de esta preciosa ciudad (a un tiro de piedra, en relación al tamaño de la totalidad del país), pero a un montón de distancia de mí. Y eso que dicen que sarna con gusto no pica. ¡Pues pica, y mucho, señores del refranero español!

Alexandria es uno de los enclaves históricos más antiguos del país. En el siglo XVII, el escocés John Alexander (¡Qué barbaridad, debieron matarse a pensar para ponerle nombre al lugar!) compró las tierras donde se asienta la actual ciudad a un inglés capitán de barco, por un buen montón de tabaco. A partir de entonces y durante los dos siglos siguientes, se iría poblando no sólo de habitantes, comerciantes de tabaco y desgraciadamente de esclavos,  sino de la preciosa arquitectura que florece en las calles a ambos lados de la principal King Street hasta llegar al río Potomac.

Georges Washington, primer presidente electo de los EEUU, tuvo allí su hogar, y unos 33 presidentes más tarde, hizo lo mismo Gerald Ford, antes de ocupar el puesto número 34.

En la actualidad, y tan sólo a 10 kilómetros de Washington DC, Alexandria es uno de esos sitios que uno envolvería en un bonito papel de flores blancas y rosas, con un maravilloso lazo, y metidita en un bolsillo, se la llevaría a casa. Es coqueta, tranquila, alegre y cuajadita de famosos restaurantes, museos y tiendas en las que echar las horas (y los dineros).

Señores virginianos o virginienses (no tengo el gusto de conocer el gentilicio de los habitantes de Virginia), cuídenme al niño, y la próxima primavera  (cuando vuelva) prometo volver a dedicarles una entrada en este famosísimo blog. De momento vaya por ustedes la tarta siguiente, fruto de un tuneamiento del bizcocho de coco de Rosa del estupendo blog “Bocados dulces y salados”, la imaginación de una servidora, y unas hebras de coco maravillosas que compré hace poco en Brasil.

TARTA DE COCO

Ingredientes:

Para la base de bizcocho:

3 huevos
180 gr de azúcar moreno
100 gr de aceite de girasol
1 chorro de ron
1 yogur de coco
1 medida de yogur de leche de coco
170 gr de harina
1 pizca de sal
1 sobre de levadura

Para la cobertura:

1/2 taza de mantequilla a temperatura ambiente
1 cucharadita de extracto de vainilla
1 y 1/2 tazas de azúcar glas
1 cucharada de leche
coco rallado

1.- Precalentamos el horno a 170 grados. Engrasamos con mantequilla y enharinamos un molde redondo para tarta, en el que hornearemos la base de la misma: el bizcocho de coco.

2.- En una ensaladera batimos los huevos junto con el azúcar moreno hasta que estén muy espumosos. De esta manera vamos incorporando aire a la mezcla. Añadimos el aceite, el chorrito de ron, el yogur y la leche de coco. Mezclamos bien los ingredientes.

3.- En un bol aparte mezclamos los ingredientes secos: la harina, la levadura y la sal. No hace falta que pasemos la harina por un tamiz, basta con que mezclemos bien con unas varillas para que se distribuya bien la levadura y se deshaga cualquier pelotita de harina.

4.- Añadimos poco a poco la harina a la primera preparación, mezclando lo justo con una espátula para que se incorpore bien. Si batimos demasiado, el bizcocho saldrá más duro.

5.- Vertemos en el molde de tarta enharinado y lo llevamos al horno. El bizcocho tardará en cocerse unos 40 minutos. De cualquier manera, pincharemos el centro del mismo con un palito para asegurarnos que está bien hecho. Sacamos del horno, y al cabo de 5 minutos desmoldamos y dejamos enfriar en una rejilla.

6.- Preparamos la crema de mantequilla para la cobertura:
En un bol grande disponemos la mantequilla ablandada a temperatura ambiente junto con el azúcar glas, el extracto de vainilla y la leche. Batimos con varillas eléctricas hasta que obtener una crema blanquecina, y muy esponjosa. Reservamos.

7.- Ponemos una sartén a calentar y doramos el coco rallado. Sin moverlo. De esta manera tostaremos minimamente el coco del fondo, con lo que conseguimos variaciones de color en el mismo. Dejamos enfriar.

8.- Decoramos la tarta:
Untamos los laterales del bizcocho y la parte superior con una capita de crema de mantequilla. Procuramos que resulte lisa y uniforme. Con las manos vamos “pegando” el coco rallado por toda la tarta, presionando un poquito para que se adhiera bien.

9.- Miramos y remiramos nuestra obra maestra. Fin del trabajo.

Imprimir receta: Tarta de coco