Fotografía culinaria IV, SEGUNDA PARTE: Pequeños trucos para que todo parezca mejor y siga siendo comestible

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Algunos trucos útiles para continuar con la serie iniciada en el post anterior: “Pequeños trucos para que todo parezca mejor y siga siendo comestible I”

Atención a los detalles

Hay platos que, como algunas personas, no es que no estén ricos, es que son poco fotogénicos. Ya sea por su color, por su textura, o por su extrema sencillez... se resisten a ser fotografiados con éxito. Todo cambia si le añadimos un pequeño toque de color, o simplemente algo “atractivo”. Aunque no necesariamente vayan con el plato, unas hierbas frescas, un poquito de pimienta molida, alguna especia, o una rodaja de limón pueden obrar maravillas. Probad a fotografiar por ejemplo un guacamole... complicado sin un bonito recipiente y algún tipo de aderezo, como una rodajita de lima.

Tarta espinacas

Rellenos falsos

Acabamos de cocinar un maravilloso estofado, o bien una crema de verduras con un poquito de arroz como guarnición, nos han quedado fantásticos, pero en el momento de hacer la fotografía, el arroz se hunde y no se ve, los trozos de carne o verduras no quedan realzados... o simplemente queremos que algo sobresalga del resto para ponerlo de relieve. Podemos “rellenar” el recipiente con una taza invertida si es grande, o simplemente con “alzadores” de papel de aluminio debajo de la comida, si es más pequeño, como un plato. Nos ayudarán a conseguir la estructura que nos gusta. La siguiente foto no es ninguna maravilla, pero es buen ejemplo de lo anterior. Debajo del copete de arroz, había una base de papel aluminio para impedir que se hundiera en la crema. No fui capaz de hacerla de otra manera...

DSCF0009_2_marked

Asados dorados Es muy sencillo utilizar una antorcha de cocina (como las usadas para hacer el caramelo de la crema catalana) para darle un toque final “dorado” a aquello que nos convenga y donde consideremos conveniente. ¿Un pollo asado un tanto descolorido justo en el ángulo ideal para la foto? Un toquecito de antorcha y a correr.

Bocadillos, sandwiches o hamburguesas Para hacer que un bocadillo, sandwich o hamburguesa quede más esponjoso, no aplaste el relleno, y en la foto se vean bien los ingredientes del interior, no hay nada más fácil que unos palillos pinchados en la parte central que “sujeten” la tapa. Eso sí, antes de zamparse el bocata, obligatorio quitar los palillos...

TUNA SANDWICH

El humo Querer fotografiar el humo que desprende la comida no es nada sencillo, pero un plato de sopa humeante es mucho más sugerente que el que no lo tiene. En mi caso he probado a calentar en el microondas bolas de algodón empapadas de agua, y situarlas detrás del plato para que no se vean (las bolas, pero sí el humo). He utilizado también varitas de incienso escondidas. Es un verdadero problema, porque el humo de las varitas es demasiado “definido” y no queda natural, por lo tanto hay que soplarlo suavemente al tiempo de hacer la foto. De momento no tengo una cara tan grande como para soplar con la boca en un sitio y mirar con el ojo por otro muy alejado... Es más fácil de cualquier manera conseguir fotografiar el humo si se hace delante de una superficie oscura, y con la ventana abierta para que entre aire frío (siempre que sea invierno, claro). Ante todos estos problemas he encontrado la solución ideal (muchos me acusaran de tramposa sin escrúpulos): los pinceles de photoshop. Los hay maravillosos. Se estampan sobre la foto, se difuminan un poco, se les baja la opacidad y ¡listo!

Infusión con humo

Estoy convencida de que hay muchos más trucos por ahí esperando ser revelados, por favor, no dudéis en sugerirlos en los comentarios, o publicar un post con los vuestros. A mi me servirían de gran ayuda.

Otros posts de la serie fotografía culinaria:

Fotografía culinaria I: ¿Qué vamos a fotografiar?

Fotografía culinaria II: A vueltas con la composición

Fotografía culinaria III: Equipo simple, pero eficiente

Fotografía culinaria IV, primera parte: Pequeños trucos para que todo parezca mejor y siga siendo comestible

Para todos aquellos interesados en el extraordinario mundo de Photoshop, y que como yo al principio no sabían ni por donde empezar, va dedicada la próxima entrega:

¿Y ahora como arreglo el estropicio? Photoshop, programas de edición de imágenes.

Fotografía culinaria IV, primera parte: Pequeños trucos para que todo parezca mejor, y siga siendo comestible

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Esta es “la cuarta entrega, primera parte” de una serie de posts dedicados a la fotografía culinaria. Como ya conté anteriormente, no pretendo dar lecciones a nadie, simplemente compartir lo aprendido en dos largos años de “vicio fotograferil”. Y sin más preámbulos...¡truquemos un poquito!

Siempre que cocino intento hacerlo con esmero y amor por dos sencillas razones. La primera: siento un enorme respeto por aquello que nos nutre a mi familia y a mi. La segunda: disfruto comiendo, como una loca. De nada me sirve un maravilloso asado con restos de betún marrón para que parezca más dorado, una jugosa y fresca ensalada con aderezo de glicerina, ni un refrescante helado con relleno de puré de patatas. ¡Qué nadie se asombre! Todos estos “trucos” son de los más sencillos de entre las mil artimañas con las que cuentan los estilistas profesionales de la fotografía gastronómica. El simple hecho de realzar el color de un gazpacho con colorante rojo por ejemplo, es tan inocente como un juego de niños.

Sin llegar tan lejos, de vez en cuando no está mal contar con alguna inofensiva argucia para que nuestras fotografías gastronómicas queden más bonitas y sugerentes. Los dos primeros de los siguientes “trucos” están basados en el sentido común, aun así, entono el “mea culpa” y reconozco haberlos olvidado algunas veces.

Todo listo antes del disparo final.

La fotografía gastronómica no es fácil. Se dispone, muchas veces, de poco tiempo. Casos complicados hay muchos, a saber: decoraciones de chocolate que se estropean con el calor, nata que se desmonta en un verano de justicia, verduras frescas que se quedan mustias en un santiamen, crujientes fritos que al cabo de un rato tienen un sospechoso aspecto grasiento, el helado que gotea sin parar... y entre los casos más curiosos esta éste: ¿Por qué se ve en la foto que el filete se ha quedado “tieso” tras media hora de esperar en el plato a ser fotografiado? o bien ¿Quién ha sido tan valiente de intentar fotografiar un soufflé?

Cupcake choco con letras

Solución: tenerlo todo listo antes de llevar al “protagonista” a escena. Tendremos preparado el escenario, el atrezzo (es decir, todas aquellas pequeñas cosas que complementan la foto: cubiertos, platos, vasos, servilletas, trapos, flores, manteles, lo que sea), la luz preparada, el trípode y cámara en su lugar, y si es posible utilizaremos un sustituto lo más parecido posible (en cuanto a color y tamaño) a lo que vamos a fotografiar. Haremos unas cuantas tomas para medir luz, corregir encuadre, y ver si todo está en su sitio. Cuando estemos satisfechos será el momento de la fotografía “de verdad”.

Mirar y ver, ver y mirar.

Me ha pasado más de una vez, que al hacer un retrato en exteriores, estaba tan pendiente de la persona a fotografiar, que por mucho que hubiera mirado no he visto ese cubo de basura tan decorativo que había detrás, o la camioneta destartalada que estaba a punto de pasar...

Antes de disparar debemos comprobar que todo lo que vayamos a utilizar esté libre de manchas o huellas de cualquier tipo, los platos, vasos o cubiertos secos y limpios. Puede ser que detrás de la cámara no lo veamos, pero en la fotografía final parece que alguien ha puesto una lupa a propósito, o un dedo acusador señalando el despiste. En la siguiente foto hay un fallo, a mi entender garrafal, del que sólo me di cuenta una vez editada y publicada en flickr... ¡¡¡ una de las ramas de olivo está al revés!!!

Verde. Plata. Olivo

En este sentido también es bastante conveniente que sirvamos la comida que vayamos a fotografiar en el último momento, y en el plato o fuente ya colocado en su sitio final para no volver a moverlo. Más de una vez he servido una sopa o crema en un plato, lo he llevado al “escenario” de la foto, y al moverlo han aparecido unos rebordes horrorosos difíciles de eliminar.

Caliente y frío

Un truco sencillo para hacer que un plato parezca caliente y recién hecho es untarlo con un poquito de aceite vegetal. Unos tomates asados por ejemplo, que se han sacado del horno hace un rato y comienzan a secarse, quedarán perfectos con una capita de aceite de oliva, y darán la sensación de “calor”.

Por el contrario, nada mejor que pulverizar agua sobre un alimento para que parezca más frío, más fresco. ¿No es cierto que ante la foto de una bebida refrescante, con sus gotas de agua resbalando por la botella, estamos seguros de que acaba de salir de la nevera? Si vamos a fotografiar una ensalada, por ejemplo, podemos probar a hacer la foto sin aliñarla y pulverizando un poquito de agua sobre ella. En cambio, si queremos que en nuestra fotografía, queden bien definidos dorados “chorretones” de aceite de oliva, por favor, olvidad lo del agua...

Cerezas corregidas

Otros posts de la serie fotografía culinaria:

Fotografía culinaria I: ¿Qué vamos a fotografiar?

Fotografía culinaria II: A vueltas con la composición

Fotografía culinaria III: Equipo simple, pero eficiente

Continuará...

Tallin y el virus del viajero

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No conozco Tallin. Nunca he estado en Tallin. Jamás me había interesado Tallin, exceptuando un cortísimo periodo de tiempo que coincidió (¡válgame Dios, que vergüenza me da el admitirlo!) con la participación de Rosa en el año 2002 en el festival de Eurovisión con la canción “Europe´s living a celebration”. A partir de entonces nada, cero, en blanco (Eurovisión y Tallin). Ocho años más tarde habría de darme cuenta de mi tremendo error (en cuanto a Tallin por supuesto, no a Eurovisión).

Casco antiguo Tallin

A los habitantes de mi casa, como diría mi santa madre, nos gusta “correr el talón”, lo cual quiere decir que nos vemos afectados por el virus del viajero, aquel que te hace pensar que mejor fuera de casa que dentro, mejor conocer que imaginar, y mejor ir que quedarse, siempre. Por esa razón, hace unos meses, cuando a mi segundo hijo le propusieron acudir a un encuentro de jóvenes de la comunidad europea en Tallin, capital de Estonia, joya del Báltico, tuvo un virulento ataque de dicho mal, y sin poder evitarlo, aceptó.

Al ser un virus tremendamente contagioso, ya que no podía yo misma pasar por adolescente (cuestión de unos añitos nada más), me conformé con viajar a través de su experiencia, y de las maravillosas fotos de Dirk, uno de los profesores alemanes que acudieron al encuentro (perdóname Dirk, por no conocer tu apellido) y de Leire Gambra alumna de 4º de la ESO del colegio Árula de Alalpardo, compañera de mi retoño. Gracias a los dos por vuestras fotos, son maravillosas. Yo solamente me he limitado a pasarlas por la sección de peluquería y maquillaje, pero el trabajo es vuestro.

Collage Tallin con letras

A 80 kilómetros al sur de Helsinki, y con no más de 400.000 habitantes, Tallin es la capital del segundo país del mundo con mayor número de campos de patatas por habitante: Estonia. Pero también es la poseedora de uno de los centros históricos medievales mejor conservados del mundo, y que desde hace ya unos años fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. No en vano, fue la primera, allá por el siglo XIV en el ranking del edificio más alto del mundo de su tiempo: la iglesia de San Olaf, con sus entonces 155 metros de altura (parece ser que sucesivos rayos y consecuentes incendios hicieron que menguara su tamaño hasta los 125 metros actuales).

Collage 3 Tallin

Murallas medievales, calles empedradas, iglesias, casitas de colores y una tremenda animación en los bares, restaurantes y cafés de la plaza del Ayuntamiento, dieron cobijo durante unos días a una panda de adolescentes españoles, estonios, alemanes, polacos y franceses, con ganas enormes de juerga, comer patatas y estrechar lazos (y que conste que hay muchas maneras de estrecharlos).

Collage 2 Tallin

Por mi parte, seguiré soñando con conocer algún día personalmente esta encantadora ciudad que parece salida más de un cuento de hadas, que no de siglos de dominación danesa, alemana, sueca y rusa. No me veré libre del virus maligno hasta que no vayan mis pies a recorrer sus calles y subir hasta lo alto de sus torres. Mientras tanto, me deleitaré con sus imágenes y con la esperanza, la mejor vacuna contra el mal del viajero, de llegar algún día a Tallin.

Collage 1 Tallin

La receta de panna cotta de dos chocolates que sigue nada tiene que ver con Tallin, pero sí con otro de los vicios familiares: el chocolate. Sencilla, muy rica, la preparo en vasitos pequeñitos para que no canse. A todos nos da igual, nos servimos dos o tres raciones y listo.

PANNA COTTA DE DOS CHOCOLATES

Pannacotta de chocolate blanco y negro

Ingredientes:

Para la panna cotta de chocolate negro:

30 gr de chocolate negro con un 70% de cacao en pequeños trozos

125 ml de leche

125 ml de nata líquida

2,5 gr de gelatina

Para la panna cotta de chocolate blanco:

45 gr de chocolate blanco en pequeños trozos

150 ml de leche

50 ml de nata líquida

2,5 gr de gelatina

1.- Las dos panna cottas se realizan de la misma manera. Empezamos con la de chocolate negro. Ponemos la gelatina en agua fría durante unos minutos.

2.- Mientras tanto vertemos la nata líquida junto con la leche en una cacerola y llevamos a ebullición a fuego medio. Cuando empiece a hervir, retiramos del fuego y añadimos la gelatina bien escurrida. Removemos hasta que la gelatina se deshaga.

3.- Echamos el chocolate y removemos hasta que se funda completamente. Dejamos enfriar un poco, y si vamos a presentarlo en vasitos, vertemos la crema obtenida con cuidado y dejamos enfriar. Una vez fría, la ponemos en el frigorífico durante al menos una hora.

4.- Preparamos la panna cotta de chocolate blanco siguiendo el mismo método de la anterior. Una vez fría (importante!!) sacamos los vasitos con la panna cotta de chocolate negro y la vertemos por encima con cuidado. Volvemos a meter en la nevera durante unas dos horas.

5.- Para servirla podemos rallar un poquito de chocolate negro por encima.

Imprimir la receta: Panna cotta de dos chocolates

La receta está basada en la de panna cotta de 3 chocolates del libro “L´école de cuisine de Alain Ducasse 3 chocolats”. ¡Qué pensaría el ilustre cocinero Alain Ducasse si viera que le he cambiado ligeramente alguno de sus ingredientes!... Sinceramente, no creo que llegue a enterarse nunca...

Tejados Tallin

“Cuando uno viaja, también viaja con uno el universo” Mario Benedetti

Agridulce

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Según la filosofía oriental todo existe en este mundo porque existe su contrario, la dualidad, el ying y el yang. No hay luz sin oscuridad, alegría sin tristeza, y en mi caso venida sin ida.

Hace ya un año que prometí dedicar unas palabras a los señores virginianos (habitantes del estado de Virginia EEUU) si me trataban bien al vástago primogénito. Queridos virginienses (no ha habido manera de averiguar el gentilicio correcto): ¿Quien es este que ha venido y que han hecho con mi niño? ¿Por qué me han devuelto a este señor que me saca más de una cabeza, y me levanta con músculos de acero por los aires cada vez que se le viene en gana hacer un poco de ejercicio? ¿Qué ha sido de aquel adolescente que se negaba a hablar inglés con acento falso, y ahora contesta oh, yeah! al más puro estilo yankee? De cualquier manera: gracias. No existen pañuelos suficientes que empapen las lágrimas de alegría que derrame al verle de nuevo tras diez meses de larga ausencia.

Jupiter shall emerge

Pero habíamos quedado en que no existe nada sin su contrario, bienvenida sin despedida, y ahora que recupero a uno, se me va otro. Y esta vez el gentilicio es todavía más difícil de adivinar ¿Cómo diantre se llamarán los vecinos del estado de Idaho? Todo un misterio para cuya resolución dispondré de otros diez largos, eternos meses. De nuevo otro tercio de mi corazón de madre española (esta vez el segundo) se quedará divagando entre la tristeza de la despedida y el orgullo de saber que de nuevo, de vuelta, mi niño se habrá quedado perdido en algún lugar más allá del Atlántico y volverá un hombre casi hecho y derecho. Claro, que existe la posibilidad de que a éste me lo devuelvan antes de tiempo. Ya le he advertido que no se deje crecer la melena como tiene por costumbre hacerlo, que no se vista con trapajos porque según su opinión para cubrirse el cuerpo no hace falta más, que no saque a la luz sus ideas revolucionarias, que me lo echan por anarquista. Dicen las malas lenguas que es el que más se parece a mí, tanto en el físico como en carácter... ¿A mi????

Una mirada crítica

De nuevo, señores Idahoenses (?), si me tratan bien al niño, prometo, pasado un año, y si me lo devuelven en buenas condiciones, dedicarles, con todo mi cariño, un rincón de éste, desde ahora, con mucho afecto, su espacio virtual.

Y muy en consonancia con el tema de hoy, una receta diferente, agridulce, de sabores contrastados. Mermelada de cebolla y balsámico. Dulce y ácida a la vez, como la vida.

MERMELADA DE CEBOLLA Y BALSÁMICO

Mermelada de cebolla y balsámico

Ingredientes:

3 cucharadas de mantequilla

2 cebollas grandes

2 cucharadas de azúcar (puede usarse una cucharadita más, si a uno le apetece que sea algo más dulce)

1 taza de vinagre balsámico

1/2 taza de vino tinto (por ejemplo un Rioja joven)

4 cucharadas de pasas

sal

1.- Cortamos las cebollas por la mitad y después en rodajitas finas.

2.- En una sartén caliente fundimos la mantequilla, echamos la cebolla, salamos y la doramos a fuego medio durante unos 5 minutos sin que se queme.

3.- Añadimos el azúcar, removemos y dejamos cocinar a fuego bajo durante 10 minutos.

4.- En este momento echamos el vinagre, el vino y las pasas y dejamos que se cocine lentamente hasta que casi se haya evaporado el líquido y el restante tenga aspecto de un sirope.

¡Así de sencillo! Perfecta para acompañar carnes a la barbacoa, pechugas de pollo o chuletas de cerdo a las que queramos dar un contrapunto agridulce.

Imprimir la receta: Mermelada de cebolla y balsámico

He visto muchas veces en Francia tarros de mermelada de cebolla. Siempre tuve ganas de probarla. En cambio la inspiración para esta receta la encontré en el libro “The big book of Backyard Cooking” (algo así como “El gran libro de la cocina del jardín que hay detrás de la casa” es decir, de la cocina en el exterior de casa) de Betty Rosbottom, y el cual recomiendo por su sencillez y originalidad.

Boeuf Bourguignon

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Acabamos de llegar del cine, después de acudir al estreno de no me acuerdo que episodio de la Guerra de las Galaxias (ya ha llovido desde entonces...). Preparo la cena. Estoy sola. No recuerdo a santo de qué tengo el rodillo de madera en las manos. Nadie puede verme. Con el delantal puesto, sujeto bien fuerte el rodillo, y con una habilidad propia de un maestro Jedi, doy unos pases fantásticos por el aire con mi espada-rodillo de luz, imitando casi a la perfección el sonido del arma cortando el aire. Doy una vuelta y otra al estilo del mismísimo Luke Skywalker (menos mal que no se me ha ocurrido peinarme con los moños-ensaimada de la princesa Leia) y lucho con un oponente imaginario, vueltas y más vueltas, emocionada... hasta que el vecino que pasa en ese momento por la calle se queda pasmado mirando, y busco desesperadamente un sitio donde esconderme... Tierra, por favor, por favor, por favor....¡¡¡¡TRÁGAME!!!

Que tire la primera piedra quien tras ver una película de kung fu (mal llamadas “de chinos”) no ha salido del cine dando patadas al aire y cortando ladrillos a golpe de canto de mano. Que tire la primera piedra quien tras ver a Fred Astaire en plena acción, no ha intentado marcarse unos pasos de claqué sobre el parquet del salón. Que tire la primera quien después de tragarse todas las pelis de “Tiburón” no ha sentido un escalofrío de terror en el mar al notar un ligero roce en la pierna...

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Hace más o menos un año que leí el libro “Julie and Julia, My year of cooking dangerously” de la famosa bloguera Julie Powell, pero sólo fue hace unas semanas que vi la película basada en el libro, y protagonizada por Meryl Streep y Amy Adams. En mi humilde opinión, aparte del fantástico trabajo de Meryl Streep, entretiene y poco más, pero si alguien la ha visto, comprenderá por qué, sin dejar pasar más de un día, me lancé desesperadamente a la cocina. No podía, no lo soportaba, era superior a mi... mi mente, mi cuerpo y mis anhelos culinarios, me obligaron a cocinar un “Boeuf Bourguignon” al más puro estilo de Julia Child en su libro “Mastering the Art of French Cooking”.

Me decidí por una versión más ligera que la de Julia Child, evitando en cierta medida las grasas de origen animal, y aumentando la cantidad de verdura. La primera vez que lo hice incluí champiñones, pero debo decir que me gusta más sin ellos, así que doy la receta según mis preferencias. En cuanto al vino (para ser puristas deberíamos utilizar un Borgoña, el cual no suelo tener a mano) utilicé un Rioja joven. He aquí el resultado. Será suficiente decir, que desde entonces he vuelto a repetir tres veces.

BOEUF BOURGUIGNON

Bourguignon

Ingredientes:

3 cucharadas de aceite de oliva

1,200 kg de carne de ternera (para estofar, y de la mejor calidad posible) cortada en cubos para estofar, que no sean demasiado grandes

2 zanahorias grandes peladas y cortadas en trozos de unos 2 cm

1 cebolla pequeña picada

sal y pimienta

2 cucharadas de harina

3 tazas de vino tinto (cuanto mayor sea la calidad del vino, mejor será el resultado)

2 1/2 tazas de caldo de carne

1 tomate pequeño rallado

2 dientes de ajo

1/2 cucharadita de tomillo

1 hoja de laurel

unas 20 cebollitas francesas

1 cucharada de aceite de oliva y otra de mantequilla

1 taza de caldo de carne

un ramito de hierbas compuesto de: 4 ramitas de perejil, una hoja de laurel, 4 ramitas de tomillo.

1.- Precalentamos el horno a 230º.

2.- Con papel de cocina secamos uno a uno, todos los trozos de carne. Reservamos. Calentamos 3 cucharadas de aceite de oliva en una sartén grande. Cuando el aceite esté muy caliente, doramos la carne por todos los lados. Poco a poco, con cariño y con cuidado. Una vez dorados los sacamos a un plato y reservamos.

3.- En la misma grasa de la sartén, salteamos las zanahorias y la cebolla picada. Una vez que las verduras estén bien doradas añadimos la carne que teníamos reservada. Salpimentamos al gusto, y espolvoreamos con las dos cucharadas de harina. Removemos para cubrir bien la carne con la harina. En este momento pasamos carne y verduras junto con la grasa y jugos a una cocotte (estaría encantada de decir que dispongo de una cocotte esmaltada tipo Le Creuset, pero no, así que utilicé una de pyrex con tapa y listos). Metemos la cocotte SIN LA TAPA en la posición central del horno precalentado, durante 4 minutos. Al cabo de este tiempo volvemos a darle unas vueltas a la carne y volvemos a hornear durante otros 4 minutos. El propósito de este proceso es dorar la harina para que se forme una “costra” alrededor de la carne.

4.- Sacamos la cocotte del horno y bajamos la temperatura del mismo a 150º. Vertemos el vino y el caldo de carne en la cocotte. Añadimos el tomate rallado, los dientes de ajo aplastados con un golpe de cuchillo, el tomillo y la hoja de laurel. Cubrimos, ahora sí, con la tapa y colocamos la cocotte en la parte baja del horno. Horneamos durante 3 horas hasta que la carne este muy tierna.

5.- Mientras se cocina la carne preparamos las cebollitas francesas. En una sartén grande calentamos el aceite y la mantequilla. Cuando empiece a burbujear añadimos las cebollitas peladas y enteras. Salteamos durante unos 10 minutos para que se doren lo más uniformemente posible.

6.- Añadimos la taza de caldo, el ramito de hierbas, sal y pimienta. Cubrimos la sartén y bajamos el fuego. Deben cocinarse durante unos 40 minutos, hasta que estén tiernas y el caldo se haya evaporado. Retiramos las hierbas.

7.- Cuando la carne está tierna, incorporamos todas las cebollitas a la cocotte y mezclamos con cuidado. Probamos y rectificamos la sal. Debe quedarnos una salsa ligeramente espesa.

8.- Servimos muy caliente junto con puré de patatas o arroz blanco.

Imprimir la receta: Boeuf Bourguignon

Está riquísimo, y aunque lleva un cierto trabajo no es un plato complicado. Sólo por el nombre merece la pena hacerlo. Después de repetir treinta veces que ibamos a comer Boeuf Bourguignon, mi hijo pequeño al probarlo exclamó: ¡Ah, vale, ESTOFADO! ¡Niños.....!!!!

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